Fui a cruzar la calle para ir al supermercado, pero el semáforo se apagó. Nos pilló a todos sin saber muy bien cómo reaccionar. Una chica en una silla de ruedas eléctrica decidió bajar a la calzada y cruzó tranquilamente mientras los coches le cedían el paso. El resto empezamos a cruzar detrás de ella. El vendedor de cupones de la ONCE, en el quiosco, le contaba a un tipo con el pelo largo que se había ido la luz. Llegué al supermercado y vi que la iluminación estaba a medias. Cogí un carro y entré, empecé a coger productos, pero al cabo de un rato una empleada nos informó de que solo podían aceptar pagos en efectivo y que de ningún modo podíamos coger alimentos refrigerados, así que tuve que devolver los productos a sus estantes y largarme sin comprar. Para entonces ya había bastante cola en todas las cajas y la gente esperaba su turno con paciencia. Salí al exterior y miré alrededor. No parecía haber luz en ningún comercio. Los dependientes estaban todos a la entrada de los establecimientos. Supuse que el corte de luz se habría dado tal vez en esa zona, en una manzana, en el barrio tan solo, algo así. Di un paseo por los alrededores y comprobé que, efectivamente, no había luz en ningún lugar. Volví a casa cruzándome con gente que miraba sus teléfonos en busca de una cobertura inexistente. No hay luz, no hay luz, se decían unos a otros. Llegué a mi portal y abrí la puerta con llave. Subí a casa, entré y confirmé que no había luz, como si mi casa fuera la única prueba que pudiera convencerme. Miré mi teléfono móvil y vi que quedaba apenas un treinta por ciento de batería. No podía utilizarlo, no había internet ni señal de ningún tipo. Todavía pensaba que el asunto solo afectaría a la zona donde vivo, tal vez alguna avería gorda, pensé con mi habitual conocimiento sobre tecnología.
Volví a la calle porque me llegaban desde el portal ecos de conversaciones vecinales más bien distendidas, aunque preocupadas. Sentí la necesidad de cotillear, ya que no podía informarme por ningún medio. Mi último transistor de radio a pilas murió hará unos cuatro o cinco años, así que no sabía qué estaba pasando. Al abrir el portal me encontré con un trabajador que había ido de portal en portal comprobando si había gente atrapada en los ascensores. Preguntó si sabía de alguien que se hubiera quedado atrapado. Una vecina que bajó en ese momento le dijo que creía que no. Yo no supe qué decir, vivo en un primero y no suelo utilizarlo nunca. El hombre entró e hizo las comprobaciones necesarias. No había nadie atrapado, a pesar de los once pisos que hay en el edificio, pero el tipo aseguró que había tenido que sacar a algunas personas en otros. Le pregunté si la avería era solo en el barrio, en Madrid o cómo. Me contestó que en toda España. Un vecino que llegaba del trabajo en ese momento me dijo que el apagón había ocurrido en España, Portugal y Grecia. Salí a la calle. Alrededor de las puertas de los comercios y los bares, la gente charlaba sobre el apagón. Pocos estaban informados, como yo mismo. Fui hasta la óptica donde trabaja una vecina. En la puerta estaban comentando la situación entre comerciantes del barrio. La gente buscaba desesperadamente un cajero automático que funcionara.
Volví a casa pensando que teníamos un marrón encima muy guapo, otro pensamiento lleno de tecnicismos. Me senté en el sofá y empecé a pensar en qué coño iba a comer si no había podido hacer la compra. Apenas llevábamos un par de horas sin luz y ya era como si acabáramos de salir desnudos al desierto. Entonces, alguien llamó a mi puerta. Era una trabajadora que asistía a algún anciano del portal. No podía salir sin llave porque el interruptor que abre la puerta no funcionaba. Bajé a abrirle y me preguntó si funcionaría el metro. Le recomendé que cogiera el autobús. Me dio las gracias porque había subido y bajado varias plantas y no se veía con fuerzas de volver a hacerlo y había empezado a pensar que se iba a quedar encerrada. Nos despedimos y vi cómo se alejaba hacia la parada de autobús más próxima.
Finalmente, comí un sándwich de jamón. A la hora de comer y hasta un poco después, hubo un silencio inquietante en el barrio solo roto por las sirenas de ambulancias, policías y bomberos que estuvieron al pie del cañón ante los imprevistos causados por la situación. Antes de que mi cerebro determinara que la situación era debida al inminente apocalipsis y que en cualquier momento tendría que encerrarme en el centro comercial La Vaguada como en Dawn of the dead de George A. Romero con todos los frikis del barrio con los que generalmente solo me relaciono cuando subo a la tienda de cómics, decidí armarme de valor y asomarme a la ventana del salón. La calle estaba tranquila. Los conductores respetaban a los peatones ante la ausencia de semáforos y conducían con cuidado. Y ese silencio.
Por la tarde, el silencio desapareció. Al asomarme a la ventana, vi a dos críos paseando a su perro, una señora comiéndose un helado, gente subiendo y bajando por la avenida, charlando en las puertas de los bares y los comercios, en las esquinas y en los bancos, sacando a los perros al parque, paseando tranquilamente o plantados sin hacer nada en la acera. Como no tenía luz ni radio a pilas, me ahorré los rebuznos de la oposición política del país y de la presidenta de mi comunidad autónoma, quien, al parecer, compareció ante los medios vestida de camuflaje como si fuera Zelenski y elaborando sobre la marcha uno de sus delirios mientras una vaca paseaba a su espalda con la lucidez que le faltaba a ella.
Aproveché para leer. Leí un libro entero, sin parar. Suelo leer mucho, así que para mí no fue una de esas situaciones en las que alguien descubre que hay un mundo fuera de las redes sociales y las noticias constantes. Es lo que suelo hacer para quitarme la soledad de encima y suele funcionar, poner mi mente en las manos de otro.
La derecha no ha podido adueñarse del relato porque sus habituales propagadores de estupidez no han tenido acceso a las redes sociales, por lo que la gente pasó una tarde agradable en las calles y en las terrazas de los bares, algunos sentados alrededor de un transistor de radio. No hubo toneladas de mierda en TikTok exhibiendo la estupidez influencer ni sumiendo a la población en la paranoia y en la ira habitual. Cuando llegó la luz, la gente empezó a gritar. Abrí la ventana y los vecinos de enfrente empezaron a hacernos señales con las linternas de los teléfonos móviles. Satisfecho, saqué un brazo por la ventana e hice la señal de los cuernos. Era yo el de la muñequera de tachuelas, no pretendía insultar a nadie, solo estaba contento. Larga vida al heavy metal.

