Lecturas incómodas
Leo una entrevista a Luna Miguel en la que dice que leer no debería ser necesariamente placentero. Hay lecturas incómodas, desagradables, lecturas que no tienen que gustarte necesariamente. Hay lecturas difíciles. He aprendido tanto de buenos escritores como de escritores mediocres o que no van conmigo, leo, como Cervantes, hasta los papeles rotos por las calles, lo que me enfrenta a veces con la incomodidad. Me quedo con eso de que no toda lectura tiene que ser agradable.
Hay libros que me han hecho sentir terriblemente incómodo. Ensayos feministas que me hacen pensar como hombre y descubrir actitudes reprobables en mí o en otros hombres que me rodean, por ejemplo. Pero también me he sentido incómodo leyendo a William Burroughs y a J. G. Ballard. No me interpreten mal, hay lecturas muy placenteras que he disfrutado mucho y todavía disfruto, libros que forman parte de mi vida casi más que muchas personas y que no me han transportado a un lugar particularmente incómodo. Pero a veces me pregunto si no estamos ante un momento en el que la gente solo desea leer aquello que confirme sus ideas o que no le haga mucha mella. Pasa también con el cine y hasta con la música. Supongo que es el precio a pagar por ser consumidores, más que lectores. Con la lectura de mi último libro, algunas personas me han contado que han tenido que parar de leer momentáneamente algún pasaje para tomar aliento y volver a enfrentarse a él. No soy un escritor que busque necesariamente la incomodidad del lector, pero tampoco deseo llevarle de la mano a un territorio sin aristas de ningún tipo. No deseo ser un enfant terrible a mi edad ni me veo en algo tan pueril como la mera provocación.
Como lector, a veces me adentro en territorios que me resultan muy incómodos. A veces encuentro necesario leer libros que están en las antípodas de mi pensamiento para poder saber en qué mundo vivo y cómo enfrentarme a ideas que me repugnan. A veces leo libros malísimos cuya torpeza me divierte. A veces, encuentro territorios incómodos en pasajes de un libro que, en general, no presenta demasiada incomodidad.
Hay, también, y esto es lo que me interesa, lecturas incómodas y desagradables pero satisfactorias. Me gusta que me remuevan por dentro cuando me pongo a leer, me gusta terminar una lectura y pensar, al terminarla, que nada va a volver a ser igual. Esa incomodidad, ese vuelco, no tiene que ser necesariamente una lectura brutal. Supongo que esto va en mi naturaleza como lector. Lo que para mí es incómodo, para otra persona puede ser una tontería. Recuerdo un cuento, incluido en el volumen de Blackie Books El Gran Libro de Satán, titulado Mundo Naranja, de Karen Russell, sobre una mujer que sufre un embarazo de alto riesgo y acaba pactando con un diablo al que, desde el nacimiento del bebé, tiene que dar de mamar cada noche en la calle. Lo he leído varias veces y todavía no sé muy bien qué me resulta tan perturbador. Podría prescindir de su lectura, pero quizá encuentro cierto placer en que apenas unas páginas tengan esa capacidad de revolverme con tanta sencillez. Ni siquiera estoy seguro de que la autora tuviera algún interés en resultar inquietante.
No quiero decir con todo esto que leer deba ser doloroso ni que la única lectura que merece la pena es aquella que te conmociona, pero a veces tengo la sensación cuando veo a personas en internet que dedican su tiempo a recomendar lecturas de que cualquier libro que se desvíe un poco de los cauces más manidos no tiene cabida en este mundo de plástico que habitamos en el siglo XXI, un mundo en el que la literatura es instagrameable, un poco como las caras de tantos y tantas influencers modificadas por filtros que son indistinguibles entre sí.


Las lecturas son un viaje, tuve un profesor de literatura que nos decía que si algo no nos gustaba que inmediatamente lo dejásemos, que hay tantas buenas lecturas reconocidas como imprescindibles que no tenemos vidas para leer tan siquiera lo considerado así. Evidentemente el hecho de que algo sea bueno no quiere decir que sea amable, ni tan siquiera legible, una de las cumbres de la literatura es difícil de leer, se trata de "Finnegans wake" que es hasta una cumbre para los traductores, es difícil de leer, de traducir, de entender y sin embargo resulta hipnótica para muchos. También hay lecturas escatologicas, agresivas, audaces, cursis, soeces, torpes, fáciles...a mi personalmente me cuesta muchisimo leer a Pérez Reverte sin endurecer y disfruté como un niño el "Ulises" de Joyce. Ayer mismo lei una pintada en la calle que decía "tonto el que lo lea" y fíjate tú que eso siempre me saca una sonrisa...tal vez porque tenga razón.
😂🤣💀💀🪦🪦
Ya lo decía el sabio Kafka. Muy buen artículo, Jorge.