La intimidad entre hombres y el club de las pajas
Cuando era chaval, jugar al mus era lo que hacían los hombres adultos y parecía una cosa realmente seria que se jugaba con la seriedad que se merecen las cosas solemnes y serias de verdad, no de mentira, y era una cosa tan seria que se jugaba entre el espeso humo del tabaco más rancio y los vapores de las copas de pacharán, de brandy o de anís, señales inequívocas de la importancia del juego. En mi pueblo, no había ser humano al que le colgara algo en la entrepierna que se resistiera a jugar al mus para terminar levantándose de la mesa dando tumbos tras la victoria o la derrota. Nunca acabó de gustarme pero intenté formar parte de ello durante algún tiempo y someterme a ese régimen disciplinario mayoritaria y asfixiantemente masculino en aquellos entonces. Lo del cinquillo era cosa de viejas. Cualquier otro juego de naipes, salvo, quizá, el guiñote y el póker, era mirado con desdén y hasta se increpaba a los niños del pueblo que estaban jugando con una baraja en el bar a cualquier otra cosa para que se levantaran y dejaran jugar a los hombres, que eran quienes de verdad sabían de qué iba la cosa, eran los que partían el bacalao y los modelos a imitar porque, bueno, el mus era una cosa seria de verdad y no era discutible. Jugar al mus era una de las cosas que hice para no quedarme fuera. La masculinidad es hacer encajar a alguien en un molde aunque sea a martillazos y eso genera problemas.
Ahora que se habla de nuevas masculinidades, pienso mucho en todos esos lugares en los que realmente no me apetecía entrar pero me vi empujado a hacerlo y en cómo solo pude salir de ahí cuando las circunstancias personales me obligaron a ello. Hay un asunto que, como alcohólico, suelo señalar a menudo: no sería la persona que soy sin el alcohol. Si no hubiera bebido, hoy sería una persona muy distinta. Es una condena. Pero también es cierto que, cuando salí del círculo, quizá fui un poco más lo que siempre quise ser, aunque tuviera un pasado roto y un tiempo de mi vida fuera irrecuperable.
No sé qué valores son los de la masculinidad ni qué de positivo hay en ellos. Indudablemente, los hombres tenemos formas de ser quizá comunes que son positivas, pero si lo pienso, no puedo evitar caer en la evidencia de que muchas de ellas no son exclusivas de los hombres. Además, centrarnos en ese asunto quizá no sirva mucho más que para ahondar en el tópico y, como todos sabemos, el tópico deja fuera a la mayoría de la gente, excluye a miles de formas de ser, miles de masculinidades. El tópico intenta, en este asunto, lograr lo que solo se logró en parte en otros tiempos: hacer encajar a la gente en un marco muy estrecho. No importa lo incómodo que te sientas dentro de él, la disidencia es recibida con hostilidad y salirse de lo que se espera de uno es situarse en los márgenes. Esto lo saben muy bien las personas del colectivo LGTBIQ+.
Muchos hombres van por ahí sin ser como quieren ser o como realmente son. Entre hombres, no se habla de nada demasiado profundo con demasiada frecuencia. ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a un hombre decirle a otro que se ha enamorado de alguien? ¿Cuándo le escuchaste pronunciar esa palabra? Yo no lo recuerdo. Los hombres rehuimos la intimidad y pretendemos hacerlo pasar por camaradería. En un más bien delirante giro de los acontecimientos en los últimos años, han surgido en toda España clubs de hombres para hacerse pajas. Las normas para poder acceder a ellos son bastante estrictas y todo el mundo que participa en el asunto suele señalar que no hay homosexualidad alguna en un acto objetivamente homosexual: un hombre masturbando a otro hombre. Hay toneladas de culpa escondidas y pobre de aquel que, en uno de esos clubes, tenga la osadía de hacer algo más que una paja, porque las normas dicen que eso equivale a expulsión. Nada que objetar a las normas de un club en el que no pienso entrar, pero ahí hay algo muy significativo. Una falsa camaradería con la que se intenta tapar el deseo y, muy probablemente, un miedo terrible a no encajar. Todo es discreto, anónimo y casi furtivo. Todo es algo de lo que avergonzarse. La intimidad entre dos hombres, incluso en circunstancias como las de un club de masturbación, solo se da, en millones de ellos, a través de un velo y rara vez pasa de ser epidérmica. La camaradería y la guasa son solo barreras que nos ponemos nosotros mismos para no admitir ante los demás lo que somos o lo que queremos. Necesitamos algo que justifique lo que hacemos o queremos hacer sin avergonzarnos y para ello la intimidad y las relaciones profundas deben estar ausentes. Los hombres normativos y heterosexuales siempre son individuos aislados que, paradójicamente, suelen cargar ese trabajo necesario de profundización e intimidad en sus parejas femeninas, una carga más para ellas.
El club de las pajas y sus normas es la partida de mus y el partido del domingo, es el arreglar coches y hablar sobre ello, es la pulsión por el bricolaje y las palmotadas en la espalda. Hace unos meses, cuando empecé a hablar en redes sociales de la notoria ausencia de hombres en clubs de lectura, un hombre me contestó que a él le gustaba mucho leer pero que no deseaba compartir lo que leía con nadie. Todos necesitamos compartir en alguna medida lo que nos apasiona, pero hay personas dispuestas a reventar con tal de no abrirse a los demás. Es como pasarse la vida entera aguantándose las ganas de ir al baño. Con una amiga con la que suelo ir al cine a ver esas películas de las que casi nadie habla, al salir nos pasamos un buen rato comentando lo que hemos visto, las sensaciones que nos ha despertado, todo eso. Son charlas muy amenas en las que ni ella ni yo tenemos ningún filtro. Tengo cincuenta y un años y todavía no he hecho algo así con un hombre. Los hombres huyen. Eso es la masculinidad.

