La cultura y los pobres
Leí una interesante entrevista a la autora del cómic Manos de pobre, Silvia Bezos. No lo he leído todavía, pero cualquier cosa que sirva para destruir el poder omnímodo de las clases medias en la cultura me parece bien. Me llamó la atención el título de la obra, que probablemente empiece a leer pronto, porque yo mismo he reflexionado sobre las manos de las clases bajas en mis viajes en autobús. Bezos sitúa a su protagonista en el metro.
Las manos de las clases bajas son diferentes. En verano, bajo casi cuarenta grados y una humedad pantanosa, con guantes casi todo el día, mis manos sufrían deshidratación y se me llenaban de bultos que iban estallando y dejando salir un líquido transparente un poco más consistente que el agua. Cuando el calor se iba se me quedaba la piel descascarillada, como un cuadro viejo y mal cuidado. Tengo una cicatriz apenas perceptible en la mano derecha, me la hice con unas pinzas para el hielo, cuando fui camarero. Se me clavó la parte superior en la mano al intentar separar hielos que se habían pegado. Creí que me iba a quedar más cicatriz porque se me levantó un trozo considerable de carne con la piel. Tengo durezas que varían dependiendo de la actividad que realice pero que ya no se irán nunca. En mis interminables viajes en transporte público, he visto manos absolutamente destrozadas, uñas a medias, dedos retorcidos, heridas de todo tipo, quemaduras de productos abrasivos. Manos embrutecidas de peones de diversa índole que se han hinchado y parecen excesivas para tan poca piel, como si fueran a estallar, manos que dejan de ser prensiles a fuerza de forzarlas realizando ocho horas un trabajo imposible. Pero no solo son las manos.
El lenguaje que utilizamos los pobres lo conozco bien y también, por desgracia, el que creen muchos guionistas y escritores que utilizamos. Si uno pone el ojo en las producciones televisivas españolas, las clases bajas solo podemos ser zafias, groseras, maleducadas y gritonas. Todo ello, con frecuencia, envuelto en comedia. Es un aspecto más de ese desconocimiento voluntario que tienen las clases medias con respecto a nosotros. Para ellas, es un poco como visitar el zoo. No solo hay que luchar contra la escasa representación que sufrimos en la cultura, también hay que luchar contra los tópicos.
Un gañán como yo puede comprarse libros de todo tipo y leerlos sin mayor problema, puedo adquirir cierta cultura. Es solo que vivo peor. No soy más gracioso ni más drogadicto que tú. Hace casi diez años me hice una herida en el dedo índice mientras trabajaba. Fue una herida que solo te puedes hacer si trabajas con las manos y con máquinas que no están preparadas para que las personas trabajen con ellas, que son todas y cada una de las máquinas de la industria, que están pensadas para elaborar un producto, no para que tú hagas bien el trabajo sin poner en riesgo tu integridad. Fue angustioso porque no dejaba de sangrar. Llené la mesa de sangre. Me limpié la herida y me la vendé como pude porque en las pequeñas empresas de las que las grandes como Airbus se nutren para la mano de obra barata, los botiquines no están muy surtidos, algo que a algunos inspectores de trabajo les importa entre cero y nada, doy fe. Dos veces. El caso es que seguí trabajando hasta el final de la jornada y luego fui al autobús con ganas de ponerme a leer en un asiento. Lo hice, no siempre es posible, entré y me senté en mi asiento favorito, junto a la puerta de salida. Los ricos no tienen un asiento favorito en el autobús. Abrí el libro y pasé el trayecto hasta Madrid embobado en sus páginas. Desde entonces, tengo un ejemplar de Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides con manchas de sangre. Y ya está, esa es la diferencia entre tú y yo, amigo de clase media que produce cultura.


Las manos, los dientes, el pelo, la piel, los músculos... la pobreza define los cuerpos tanto como el trabajo embrutece las cabezas.
Yo tengo manos de rico, finas y delicadas, llenas de heridas por una enfermedad que me apareció despues de mi primera rehabilitación, es una dermatitis nerviosa según una eminencia del Gregorio Marañón, el medicastro me dijo que si no tocaba nada estaría bien, con dos cojones. Sufro bastante, aunque me he acostumbrado, no pocas veces he tenido que trabajar con ellas y lo curioso es que durante el tajo no siento nada, es después cuando me arden y he de llenarlas de tiritas, me conozco todas las del mercado. Ahora, afortunadamente ya no trabajo a penas con ellas, pero sigo sufriendo la enfermedad. Con respecto a la clase baja y la cultura, estoy con Bordieu, de los tres capitales el cultural es el más importante y es transmisible, se puede ser pobre en dinero y rico en cultura, esa es una herencia de mi familia materna que me llegó sin esfuerzo, y con la que das el pego, nunca he tenido picos de más de 2500 euros en mi cuenta pero he podido mirar de frente a millonarios, literalmente, las marcas de clase en España son muy sutiles, hay que saber mirar. Evidentemente una de estas marcas son las manos.